Nido vacío
Bueno, al fin pasó. Y hasta hoy puedo hablar de ello sin soltarme a llorar a gritos como maniática.
Se llevaron a mis bebés. Mis pelotas.
El sábado, mientras Michael y yo estábamos trabajando, mis papás fueron a mi casa y se las llevaron. Ya no vuelvo a llegar a mi casa a verlas acostadas en el sillón pegadas de la teta de Doobie. Ronroneando mientras tomaban leche y durmiéndose con la teta en la boca. Reclamándome a todo grito cuando les encendía la luz y las despertaba.
Y no les puedo empezar a explicar lo horrible que se siente oír a Doobie en la noche llorando y caminando por toda la casa buscando a sus bebés. Y yo sin poder hacer nada.
(Aquí ya estoy llorando como maniática).
Ya nunca más voy a saber qué es de ellas.
No quiero ni pensar en cómo me sentiría, entonces, si le pasara algo a mi hija. Dios mío, nunca lo permitas, porque no sé qué sería de mí.
